La suerte se complacerá en impulsar, pulimentar y descarriar estos dos destinos
En el Portugal de los reyes que domina la dinastía de los Braganza, en la aurora del siglo XX, un camino único se ofrecía a los pobres, a los hijos de los pobres: servir a la Iglesia Católica. Regenta las escuelas, la política, los círculos de negocios, el Ejército. En una palabra, la vida. Otorga un caudal de preparación a los fieles que juzga capacitados, para explotarlos seguidamente en su propio beneficio. He aquí cómo se abre el camino para el llamado Antonio de Oliveira Salazar, nacido en la indigencia, en 1889, en un hogar campesino, cerca de Santa Comba Dao. Un pueblo cercado por los viñedos de los ricos, en la provincia de Beíra.

En España, por la misma época, donde todavía reinaba Alfonso XIII, un Borbón de carácter débil, una sola carrera se ofrece a los hijos de los pequeños burgueses: el Ejército. Al servicio de los grandes del Reino, al que garantiza sus privilegios, no despierta mucho el intelecto. pero alimenta. A veces, favorece el ascenso de los verdaderos ambiciosos educados en sus academias. A condición de que le devuelvan en correspondencia la potencia investida en ellos. He aquí cómo logra imponerse Francisco Franco y Bahamonde, venido al mundo en 1892, en la casa de un contador de la Marina. En el Ferrol, puerto de guerra de La Coruña, en Galicia, sobre el Atlántico.

Mensaje de fin de año (1972): El Generalisimo Franco aparece en la gráfica durante el mensaje dirigido a todos los españoles con motivos del fin de año
La suerte se complacerá en impulsar, pulimentar y descarriar estos dos destinos. Reunirá en la misma ideología a estos primos ibéricos de la misma generación. Los hará jefes de Estado. De los que mantienen el poder a lo largo de toda su vida, como los reyes. Distribuidores de la pesadilla totalitaria, reinarán los dos durante cerca de cuarenta años. La inteligencia del primero se hundirá después de la inconsciencia. Un torbellino orgánico liquidará al segundo, acentuado por un activismo médico inútil y sangriento.

El mundo jamás desconfía lo suficiente de estos jóvenes ascetas espontáneos. De los que llevan el cilicio mortificante desde la adolescencia, y se entregan desde un principio a la soledad monacal, llegando hasta a pronunciar sus votos de castidad. Arropados bajo el manto de la fe, por lo general ocultan de este modo un miedo anormal y enfermizo hacia las mujeres. Este es el caso de Antonio Salazar, delgado y pequeño, untuoso, tan hermético para los placeres como para el humor. Sus párpados siempre bajos le dan el helado aspecto de un Torquemada reencarnado. Parece destinado al sacerdocio. Pero el primado de los distritos lusitanos, con sede entonces en Lisboa, no sabe ya qué hacer con los escuadrones ensotanados que atascan los monasterios. Después de recibir las órdenes menores, Salazar vivirá, pues, a estilo laico, bajo control. A razón de diecisiete horas de trabajo al día, por el equivalente de mil francos mensuales, estudia Ciencias Económicas, con vistas a enseñarlas más tarde a los demás, en la Universidad de Coimbra. Tiene una misión: prepararse. Si los tiempos se prestan a ello, o la necesidad se impone, servirá a la Iglesia, desde el seno de las instituciones.

Precisamente las instituciones flotan en Portugal, en este principio de siglo. En su activo, el país no cuenta ya sino con su glorioso pasado de descubridor, el fruto de las aventuras de sus lejanos navegantes. En cambio, el pasivo resulta muy pesado. No hay más remedio que reconocer que ha fracasado el mejoramiento de la valoración del imperio colonial. En la metrópoli, la industria pesada no existe. La agricultura, arcaica, no ha progresado por culpa de sus explotadores. Por estas causas, la monarquía salta en 1910, barrida por una república loca y frágil. Una república que arde de fiebre anticlerical, que se embriaga con sus excesos. Cándidos en los mandos, los liberales y los demócratas se enzarzar en inútiles querellas. En dieciséis años, desencadenarán dieciséis pequeñas revoluciones y formarán cuarenta y tres gobiernos. La Iglesia cede, arquea el lomo. Para ella todo consiste en resistir al huracán. Sabe, por experiencia, que no duran mucho.

En Toledo, en España, bajo el uniforme caqui de los cadetes militares, Francisco Franco no presenta ningún aspecto excepcional ni mucho menos. Nada en sus rasgos anunciaba su porvenir. El soldado más pequeño que haya tenido el Ejército español. ¿Cómo podría mandar a nadie? ¿Acaso tiene suficiente coraje bajo su torso estrecho? Además, le pone en desventaja una voz casi grotesca. Dulce, que resbala a cada instante hacia los tonos agudos, debido a la vibración involuntaria de las cuerdas superiores de la laringe. Melancólico, no participaba nunca en los desahogos estrepitosos por las callejuelas donde caracoleaban las mujeres de supuesta vida alegre. Se comentaba que debía ser por la reserva natural de los gallegos. O por la fe. Porque rezaba con frecuencia, absorto en la devoción.

Francisco Franco: Fallecido a los 82 años
Lo que se ignoraba por entonces era que la frágil concha disimulaba sentimientos explosivos. Francisco Franco sentíase dispuesto a todas las audacias, con la finalidad de borrar la detestable impresión que daba su apariencia. Los celos le consumían. ¿Quería convertirse en marino? Fue a su hermano mayor y no a él a quien aceptó la Marina. ¿Aspiraba al heroísmo? Fue su hermano menor quien será el Mermoz de la aviación española. Más íntimo y recóndito, un odio feroz animaba a Franco. El odio hacia su padre, un libertino que terminó abandonando a los suyos, para así poder seguir cortejando en Madrid a una mujer. Por transferencia, dedicaba una adoración rozando el complejo de Edipo a María, su madre, resignada y altiva.

Francisco Franco: El soldado más pequeño que haya tenido el Ejército Español. ¿Cómo podía mandar a nadie?
Parte para Marruecos como alférez de infantería, infantil bajo sus arreos militares. Porque en aquellas arenas, España lucha sin tregua contra los insurgentes. Allí se muere mucho. Y los ascensos en tal campaña son la recompensa de los temerarios. Ahora bien, audacia no le falta, hasta en su cualidad predominante. Llega a asombrar a sus superiores. Capitán, comandante y teniente coronel, manda la Legión, el temible Tercio* español. Asciende a general a los treinta y tres años. Es el jefe más joven del Ejército español. El más insensible, el más implacable, detalles que los expedientes militares nunca inscriben.

Lo mismo que Portugal, España atraviesa por aquella época su purgatorio. El orgulloso imperio madrileño yace en la estantería de las arrumbadas antigüedades. Ha muerto la época de los conquistadores. Ha muerto el poderío extranjero de los iberos. Ha muerto la economía. Florecen los tumultos, las conspiraciones, las huelgas y el separatismo. Alfonso XIII, un rey de opereta, ya no gobierna. Con el general Miguel Primo de Rivera, el Ejército ha logrado derrocar el régimen parlamentario, reemplazado por las Cámaras elegidas por una Asamblea Nacional compuesta de representantes adictos, nombrados por el rey. Pero, presionado por otros doctrinarios, no logrando ya dominar tampoco las sordas luchas que oponen a los liberales y a los absolutistas, Primo de Rivera tiene que dimitir. El rey se ha refugiado en Francia. Y la República, tenaz, ha recuperado el poder con la izquierda, presidida por Alcalá Zamora. Llamado para yugular la creciente agitación anarquista, Franco golpea tan fuerte y tan duro en Asturias que el Gobierno, atemorizado, lo exilia de nuevo a Marruecos. Allí medita, en espera de días mejores.

Tales días le sonríen primero a Salazar. En Portugal, ya exangüe, la afición por los asuntos comerciales públicos se ha apoderado a su vez de los militares. Lo cual, como es sabido, desemboca con frecuencia en lo peor. El general Gomes da Costa inicia sus propias correrías, apartado pronto por su hombre de confianza, Antonio Carmona. Vaciadas las cajas del Estado, agonizante la economía, tienen que admitir, por fin, que el sable y la fusta no logran milagros. Esto es patrimonio de Dios, o de la Iglesia, su ala activa. Y la Iglesia comunica que incuba en su seno a un genio de las finanzas. Solamente él puede sacar al país del marasmo. Y es así como aparece Antonio de Oliveira Salazar, promovido a ministro de Hacienda en 1928, sin ninguna carrera política durable en su hoja de servicios.

Se comprobará que es un intransigente. De entrada ya lo demuestra, y organiza, pone parches, aprieta las tuercas. En cuatro años, asegura su presupuesto. En realidad, bajo la lupa, los expertos descubrirán que el nivel de vida no ha evolucionado, que la moneda portuguesa, el escudo, no vale un comino en los grandes centros financieros mundiales. ¡Qué importa! El orden reina y el país marcha. No al paso de la oca, porque hay que ser teutón para levantar de tal modo la pierna. Los latinos arrastran siempre los pies. Demasiado flexibles de caderas por las ondulaciones de sus danzas tradicionales, se prestan mal a la planificación rígida propicia para los hermosos desfiles. Pero, excepto el paso, allí está de todos modos el motor, puesto en marcha por el enigmático y puritano Salazar.

Presentación de cartas credenciales: En el Palacio de Oriente presenta sus cartas credenciales al Ex-jefe del Estado Español, Generalísimo Franco, el Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Pakistán en España, General Abid Alí Bilgrami.
Es que ha descubierto un maestro que le ayuda a pensar en sus cognaciones filosóficas. Lee, en efecto, Platón y su República, por las noches; entabla entonces soliloquios ante la única mujer que tolerará a su lado, María, un ama de llaves de cura. Su maestro, pues —no, no es Platón—, acaba de lograr su golpe en Italia. Se llama Benito Mussolini. Y lo que enseña es el fascismo. Seis pilares sustentan el fenómeno. «El fascismo —promulga el Duce— nace siempre de la crisis. Se organiza sobre un modelo militar, lo cual tranquiliza al Ejército. Se identifica con la burguesía, con el pretexto de combatirla. Moviliza a los descontentos, a los indecisos. Reintegra por su cuenta al nacionalismo. Por fin, constituye una ideología». Cuando se sabe manipular estas palabras, se llega lejos. Ahora bien, Salazar aprende con rapidez. En 1932, a la sombra del general Carmona, elegido presidente de la República, pero cuyos poderes serán muy nominales, buen maniquí para las galas y desfiles, Salazar se hace nombrar presidente del Consejo. Un cargo que ocupará de por vida.

Con una leve diferencia, la misma que entre sus edades, con algunos meses de margen, Franco seguirá el ejemplo. Pero a su modo. No oculta qu~e le gusta la fuerza, la violencia y —¿por qué no?— la sangre. Destinada a los desgarros internos, a las palabras vanas, al despilfarro de las energías, la República española vive sus últimas horas. En efecto, en Canarias el minúsculo general gallego, cuyo vientre redondea bajo el fajín de mando, lee también a Mussolini. Le gusta la instalación de los pilares prescritos por el Duce. Sin duda, el método del pensamiento parece adaptarse poco al pueblo al que pertenece, un mundo atormentado, misógino a fuerza de adular a las madres, que acarrea en sus células el gusto de los cantos nostálgicos, del vino y de la danza, al mismo tiempo que la genética. Pero se puede hundir en la cabeza, desde el cráneo a la médula espinal, hasta hacerle caminar bien derecho, por el hierro y el fuego, las armas de la Santa Inquisición. Hermoso castigo como penitencia por sus muchos pecados. Quizás el mundo se extrañará y protestará. Pero ¿se atreverá a llegar más lejos? No lo ha hecho ante los acontecimientos de Italia, Alemania y de Portugal. El 18 de julio de 1936, con los generales Queipo de Llano y Mola, ganados a su causa en la metrópoli, Franco pone en marcha su insurrección y logra desembarcar en la península a los moros y al Tercio, su Legión extranjera.

Inauguración de la residencia general de la ciudad "Primero de Octubre": El Ex-Jefe de Estado es aplaudido por el personal del nuevo centro asistencial de la Seguridad Social durante la visita a sus instalaciones.
Muy pocos ignoran el balance de esta Guerra Civil, la más cruel de nuestros tiempos. Se cifran sus muertos en seiscientos mil; en cuatrocientos mil el número de los exiliados. Ha trastornado los espíritus. Banco de ensayo para Mussolini y para Hitler, que pusieron en marcha las normas de los combates modernos. Someterán a Europa con ocasión de los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial. Desde 1936, Salazar ha abierto sus fronteras y sus cofres al gallego, participando igualmente en su pronunciamiento, enviándole su legión «Viriato»: veinte mil soldados de élite, que tuvieron su influencia en los frentes. Morirán ocho mil, el tributo más oneroso en las bajas extranjeras. Como prolongación política a este año, el 17 de marzo de 1939, la España franquista y el Portugal salazarista firman el Pacto Ibérico. Los une oficialmente por diez años. De hecho, se prolongará hasta la desaparición de ambos jefes de Estado.

Demasiado absorto en sus propias crisis, el mundo ya no se preocupa más por lo que sigue tramándose después al Sur de los Pirineos. El Universo en llamas llegará pronto hasta el punto de considerar a la Península Ibérica como un remanso de paz.

¿De paz? Tanto en .Portugal como en España, se sigue muriendo, pero en el silencio de las prisiones y fosos. Tras el término de la guerra, se han llevado a cabo más de doscientas cincuenta mil ejecuciones, por fusilamiento o por garrote vil. La oposición es acosada; el regionalismo, zurrado; la Prensa, amordazada, y la noción de libertad, totalmente borrada. No son sólo las raíces de liberalismo lo que Franco y Salazar se proponen extirpar de este modo con vistas a moldear una sociedad nueva, sino que combaten contra sus propios países. Porque este es el negro reverso del fascismo. Hostil a las reformas, no puede más que destruir, jamás reconstruir, por falta de levadura, de adhesión total por parte de los hombres a quienes mantiene sometidos. Fundado sobre el terror, se marchita y se hunde cuando este terror llega a desaparecer. Hitler lo había comprendido bien, puesto que instituyó los campos de concentración en Alemania, a partir de 1933. Ahora bien, el terror no se apagará nunca, ni en Portugal ni en España, en vida de ambos tiranos. Se limitarán a sustraer este terror a la vista de los ciudadanos. Hasta el final, el recurso a la tortura formará parte de la rutina. Se administrará en Madrid y en todas las provincias españolas. Se practicará en Lisboa, en los sótanos de los palacios de justicia en un ala de la prisión Caixas, en el Cuartel General de la PIDE, la Policía secreta política.

Impulsados por su idéntica ignorancia de toda duda, por su momificada fe religiosa, Franco y Salazar compartirán desde entonces el mismo estilo de vida. Se enclaustran en el misterio, con sus guardias pretorianas creando el vacío en torno a sus residencias. El primero, en el palacio de El Pardo, cerca de Madrid; el segundo en Estoril, que domina Lisboa. Viajan muy poco, aunque ellos dos se entrevistarán siete veces. Porque unos jefes de Estado de esta índole temen siempre que durante sus ausencias otro se instale en su puesto. Omnipotentes, tampoco ignoran que los pueblos llevados bajo la férula deben sentir sin cesar a sus espaldas la presencia del dómine y su cachiporra.

Es cierto que se notan diferencias en su comportamiento, pero menores. Salazar viste trajes austeros, negros, y exige que le llamen «Señor Ministro». Ostentando el título de «Generalísimo», Franco tiene en gran estima los uniformes muy recargados, en especial el de los almirantes, a modo de desquite, puesto que nunca pudo llegar a ser marino. Solamente exige informes orales de sus colaboradores. Detesta el trabajo, el estudio, leer o escribir. Los expedientes, que se apilan en su despacho, están allí únicamente para cubrir las apariencias, pues nunca son abiertos ni consultados. En cambio, Salazar rehúsa todo contacto humano. El reclama notas, análisis, todo un fantástico papeleo. Esto le tranquiliza. Puede meditar lejos de los demás.

Lisboa (Portugal): El Ex-Presidente Antonio Salazar se dirige a la nación portuguesa en una charla televisada
Los estériles efectos de la política de ambos hombres solamente se podrán calibrar bastante más tarde, en 1960. Por las primeras hordas de turistas europeos, que franquean, por fin, el muro pirenaico, acudiendo en la nueva búsqueda del sol a las playas rubias y vacías del Atlántico y del Mediterráneo. Para alcanzar estas arenas, al atravesar los dos territorios sobre carreteras llenas de baches y muy inseguras, descubren, en pleno siglo XX, la. Edad Media. Dos naciones vegetando a la cola del mundo occidental, con la más baja tasa de expansión, irremediablemente apartadas del progreso tecnológico, aptas tan sólo para exportar sudor y brazos, para realizaren otra parte las tareas indeseables que repugnan justamente los demás obreros de Occidente.

Antonio Salazar: A los 79 años sufre una trombosis y entra en estado de coma. Lo conducen al Hospital de la Cruz Roja, Lisboa, donde es sometido a una operación para remover un hematoma.
También en 1960, unas enfermedades graves comienzan a disminuir las facultades de Salazar y Franco, explicando así la razón por la cual sus países tardarán tanto en arrancarse la caquexia a la cual estuvieron sumergidos hasta entonces. El primer afectado será Franco.

Su constitución de hierro ha sido elogiada frecuentemente por sus partidarios. «Desde su toma del poder, dirán en 1975, solamente ha guardado cama seis veces. Dos gripes fuertes y una intoxicación alimentaria antes de 1960, y un absceso dental serio, así como una inflamación intestinal en 1973. En 1974, se presentó una flebitis en su pierna derecha». Esto es cierto. Como también la comprobación que una hemorragia gástrica, provocada por el empleo masivo y abusivo de anticoagulantes, complicó esta flebitis. El círculo íntimo del Caudillo nunca perdonó el error al doctor Vicente Gil, quien, sin embargo, había cuidado adecuadamente a Franco durante treinta y cuatro años. Fue reemplazado por un endocrinólogo, el doctor Vicente Pozuelo. El Caudillo perdió dos litros de sangre. Se presagiaba ya su muerte. 

Pero se recuperó. En su familia ¿no se llegaba a centenario? Era evidente que lo hereditario cuenta mucho. Pero también el jefe del Estado español cuidaba de este capital mediante una vida ascética, austera. No toleraba que se fumase en su presencia.

Sin embargo —y España no lo supo oficialmente hasta fines de 1975—, un grave trastorno lo debilitaba desde hacía quince años: la enfermedad de Parkinson, degeneración progresiva del centro cerebral que controla los movimientos voluntarios. De haber carecido de la «L-Dopa», su medicamento usual, que se utiliza en todas partes para combatir la enfermedad, Franco habría sido un hombre enfermizo. Aun cuando esté controlada por este fármaco, la enfermedad de Parkinson, a pesar de todo, mina la moral de aquellos a quienes afecta. Favorece la rigidez mental, desarrolla las ideas fijas, destruye el sentido de la adaptación, frena la imaginación y bloquea la percepción amplia de las informaciones. Unas grandes desventajas, para quien pretende dirigir una nación en tal estado de salud. Paralizado así intelectualmente, Franco ha sumergido a España entera en el parkinsonismo.

La enfermedad insidiosa que corroe a Salazar, desde 1960, se llama esquizodia. El psiquiatra alemán Kretschmer definió este trastorno mental en 1921. Esta facultad de aislarse del ambiente y de perder contacto con el entorno que presentan normalmente determinados individuos, caracteriza a numerosos artistas y filósofos. Se convierte en enfermiza cuando se insertan en ella trastornos del comportamiento. Precisamente este era el caso de Salazar. Su vida recluida, su inteligencia dedicada a estudiar el pasado han acentuado su tendencia esquizofrénica, con impulsos alucinatorios y paranoicos, expresados en su delirio de grandeza.

Desfasado en el espacio y en el tiempo, hablaba siempre, en efecto, de su país como de una gran potencia colonial, Se aferraba desesperadamente a los restos del Imperio portugués. Durante ocho años, condujo una serie de operaciones militares, ruinosas y vanas, contra las guerrillas nacionalistas negras, en Angola, en Mozambique y en Guinea, en perjuicio del desarrollo económico, social e intelectual de la metrópoli. Viviendo entre sus fantasmas, confundiendo las sombras con la realidad, se hundía lentamente.

Hitler saluda sonriente a Franco, quien se mostró, sin embargo, discretamente reservado
La arteriosclerosis, de la cual cabe preguntarse cuándo y cómo encontró modo de hacer presa en este ser que se imponía una severa frugalidad, agrava el trastorno mental.

En agosto de 1968, a los setenta y nueve años de edad sufre una caída en sus habitaciones. Los médicos diagnostican que un hematoma sanguíneo comprime el cerebro, bajo el cráneo. El Gobierno portugués llama inmediatamente al doctor Houston Merritt, neurólogo americano de fama mundial. Intervenido con éxito el 7 se septiembre, Salazar es entonces víctima, diez días más tarde, de una trombosis cerebral masiva, que paraliza el lado derecho del cuerpo~. Se le somete a respiración asistida, pues se prolonga su estado comatoso, pero sufre lesiones cerebrales irreparables, por insuficiente irrigación sanguínea. Lo mantendrán en el hospital bajo intensa vigilancia y tratamiento durante ciento cincuenta días antes de trasladarle, semicadáver, a su residencia. A veces lo llevan a tomar el sol en un sillón de ruedas. Le exhiben durante brevísimos instantes, ante una cámara de televisión, para demostrar al pueblo portugués que todavía sigue con vida. Aunque ya no posea entendimiento, juicio, ni raciocinio.

El terror que hasta entonces inspiró persiste entre los suyos, hasta el punto que nadie se atreve a decirle, en sus raros intervalos de semilucidez, que Marcelo Caetano lo ha reemplazado en la jefatura del Gobierno. Cree seguir reinando, siempre. Únicamente su ama de llaves, tan envejecida como él, le habla~ algunas veces de dimisión, de reposo. «No puedo —responde con voz trémula—. Nadie puede sucederme».

No sabe siquiera que ya no es nada, no se da cuenta que ya no hace nada. Y esta situación se prolonga cerca de dos años más. El 27 de julio de 1970, un infarto mayor, asociado a una infección renal, lo fulmina al fin. Deja unos ahorros de novecientas toneladas de oro. Y un Portugal destrozado en pleno siglo XX.

Antonio Salazar: Recepción del Ex-Presidente de Portugal al presidente Artur Costa da Silva de Brasil.
Hasta entonces, la muerte ha rondado rara vez al general Franco. Muy rozada, codo a codo con ella en su juventud, demasiado ampliamente dispensada después para los demás, ya no le impresiona en su aspecto material. Lo que le desampara, después del fallecimiento de Salazar, es que, apenas enterrado éste en Santa Comba Dao, el recuerdo del desaparecido se olvida rápidamente de la memoria del pueblo. El liberalismo, supuestamente aniquilado, vuelve a levantar cabeza en Portugal. Franco tendrá hasta tiempo para verlo recuperar el poder en la nación vecina. ¿Qué sucederá con España después de que él desaparezca?

Esta hora se aproxima inexorablemente, mucho más pronto de lo que él se imagina. «Soy el novio de la muerte», tarareaba, a principios de octubre de 1975, al efectuar sus cotidianos ejercicios de marcha, en los pasillos del segundo piso en El Pardo. La canción fetiche, el estribillo de la Legión. Para los dos enfermeros que le acompañaban, para su familia, parecía por entonces en plena forma. Únicamente el doctor Vicente Pozuelo, su nuevo médico, le encontraba demasiado flaco. Su rostro, diáfano, aparecía cerúleo. Unos síntomas peligrosos. El 14 de aquel mismo mes, el Caudillo no abandona su habitación. El 16, respiraba con dificultad y vomitaba de vez en cuando. Un dolor tenue le irradiaba el pecho, ascendiendo por el tórax. En Madrid se habló de gripe, como es de ritual en el mundo cuando se trata de la salud de un jefe de Estado. Pero el doctor Pozuelo sabía que había llegado el tiempo de los apuros. Al cabo de quince meses de estar a su lado, había tenido tiempo de sobra para conocer bien a su paciente, sus fuerzas reales y sus debilidades. La vitalidad seguía siendo buena, pero los vasos sanguíneos estaban lesionados, el corazón y el cerebro se hallaban amenazados. El ataque que se anunciaba imponía, por consiguiente, reforzar la vigilancia.

El doctor Cristóbal Martínez Bordiú, marqués de Villaverde y yerno de Franco, preparó inmediatamente la lista de los médicos que debían ser convocados con la máxima urgencia, los seis cardiólogos más famosos de España. Además, fue alertado todo lo que la medicina española cuenta de más cualificado en materia de reanimación y de trastornos orgánicos graves. Como una reserva para movilizar a medida que lo exigiesen las complicaciones que podían producirse. El propio marqués se encargó de que fuera instalado, en la sala contigua a la habitación de Franco, el material completo de una unidad de cuidados intensivos.

Sentado a medias en su gran cama especial para flebítico, a la cual una máquina imprime un movimiento constante, apenas perceptible, pero que basta para facilitar la circulación sanguínea en el organismo, Franco dormitaba, indiferente al trajín de la mudanza cercana. Ya podía ingresar en el campo de batalla de la enfermedad cuando quisiera: el estado mayor de último combate estaba listo y preparado.

Veintitrés médicos en total. El mundo iba a conocer muy pronto sus nombres. Firmarían el centenar de boletines que acompañarían la interminable agonía de Franco. Una letanía que no traduciría exactamente toda la aspereza del maratón terapéutico que se había entablado. Al igual que sus colegas americanos, en Kansas, que retardaron durante dos meses el final del ex presidente Harry Truman, en 1972, los facultativos españoles sabían que afrontarían una serie de batallas, pero perderían la última.

Todo se inicia el viernes 17 de octubre, hacia las diez y media de la mañana, en pleno Consejo de Ministros, en el primer piso de El Pardo. Franco llevaba sobre el pecho, invisible bajo su ropa, una maravilla en miniatura de la electrónica americana, concebida para los astronautas de la NASA: un aparato transmisor del ritmo cardíaco. A unas decenas de metros, en el segundo piso, los médicos seguían sobre una pantalla catódica los latidos registrados por los electrodos adheridos a la piel del jefe del Estado. Diez minutos después de comenzar el Consejo, daban la alarma: el corazón sufría. Pero, por su propia iniciativa, Franco había levantado la sesión y subía en su ascensor privado. Sufría un acceso de angina de pecho. La crisis imponía un reposo completo.

Cinco días más tarde, a las ocho y cuarto de la noche se declaraba una insuficiencia cardíaca aguda del ventrículo izquierdo. Se había agotado de impulsar durante muchos años la sangre en las arterias obstruidas por la arteriosclerosis. Incapaz de vaciarse, se inflamaba. A lo largo de los dos días que siguen, a pesar de los tratamientos, aumentó la insuficiencia cardíaca. Esto acarrea la primera de las complicaciones que se precipitarán en cadena: primero un edema pulmonar. A causa del fallo del ventrículo, la sangre se estanca en los capilares pulmonares, que se hinchan. Y el plasma sanguíneo acaba por trasudar a través de los tabiques. Se produce una trasudación brusca, que invade los alvéolos, los bronquios y la tráquea, amenazando con asfixiar al paciente. Es colocado bajo una tienda de oxígeno, con respiración artificial y una intensa medicación de todo tipo. Franco se halla semicomatoso.

Francisco Franco: Sin embargo, un grave trastorno lo debilitaba desde hacía 15 años: la enfermedad de Parkinson, degeneración progresiva del centro cerebral que controla los movimientos voluntarios.
Una música grave, a través de la radio, alerta a los españoles el 25 de octubre. El Caudillo está muy enfermo. A pesar de la reabsorción, el edema pulmonar ha tenido desagradables consecuencias que agravan el cuadro clínico. El líquido seroso ha invadido el tubo digestivo. Se instaura una distensión abdominal, a la vez que aparecen síntomas de obstrucción intestinal. A la vez, la deficiente irrigación sanguínea produce insuficiencia renal. La azoemia hace su aparición, precursora de una crisis de uremia.

En El Pardo cunde la angustia. Las autoridades del Régimen se aglomeran en el primer piso. Sólo la familia tiene acceso al segundo, en el ascensor ante el cual vigila la guardia. Para todos, el desenlace fatal está próximo. No obstante, los médicos no se arredran. Controlan todavía la situación. La química vencerá fácilmente el estreñimiento, reducirá la distensión abdominal y dominará la crisis de uremia. Si es preciso, para depurar la sangre del Caudillo, utilizarán el riñón artificial portátil del que disponen. Lo que les preocupa es la hemorragia gástrica que acaba de aparecer. Esta facilidad para las hemorragias copiosas es el punto débil de Franco. Aplican, uno tras otro, fármacos hemostáticos y transfusiones de plasma. Las armas no faltan en el arsenal de la ciencia. Analizan, maniobran sin cesar, pero lo que no pueden reducir a una ecuación es lo inexplicable: la voluntad de vivir. En Franco, está enraizada a su cuerpo. Su tez recobra el color y la conciencia vuelve. Y el domingo 26 de octubre, de manera sorprendente, entra en una fase de alivio y recuperación.

Francisco Franco: La muerte poco lo impresiona en su aspecto material; lo que lo desampara desués del fallecimiento de Salazar es que apenas enterrado, el recuerdo del desaparecido se olvida rápidamente de la memoria del pueblo.
Los íntimos se regocijan, las visitas aumentan y se prolongan. La aparente mejoría dura dos días. Pero la insuficiencia cardíaca que ha desencadenado el cataclismo orgánico persiste. Y se extiende insidiosamente. Desbordará el ventrículo izquierdo y alcanzará el derecho. Es una ley biológica inexorable: todo lo que repercute sobre un lado acaba, tarde o temprano, alcanzando el otro. Más aprisa que el izquierdo, ya que es siete veces menos potente, el ventrículo derecho se dilata enormemente por el estancamiento de la sangre el 28 de octubre. Al no vaciarse ya no puede aspirar toda la sangre venosa que procede de los distintos órganos. De nuevo se producirá estasis, esta vez abdominal. Y amenazará las vísceras: los intestinos, el estómago, el hígado donde puede desarrollar una cirrosis mortal.

Los médicos ya no disponen de tiempo para redactar los partes médicos. Se afanan bajo la tormenta. Una copiosa hemorragia intestinal rubrica la prueba de que unos coágulos obstruyen las venas mesentéricas. Esta red desemboca en la vena porta, que drena hacia el hígado toda la sangre del intestino. La sangre se extravasa. En concreto, se trata de un infarto intestinal. Esta dolencia puede provocar la gangrena y evolucionar a una peritonitis mortal. Su primera consecuencia es una ascitis, acumulación de líquido seroso y de sangre en la cavidad peritoneal. El vientre se inflama. El peritoneo puede hacerlo también. En este momento, pudo creerse lógicamente que, ante semejante alud, los médicos se darían por vencidos y abandonarían. De hecho, aquella noche se han retirado.

Fuera, los ministros y los personajes del régimen convergen sobre El Pardo. Las verjas del palacio se abren ante el arzobispo de Zaragoza, monseñor Pedro Cantero Cuadrado. Trae consigo una reliquia, el manto de la Virgen del Pilar. La devoción de Franco es conocida en todas las diócesis de España. Ha conservado la mano de Santa Teresa de Jesús en un relicario. Ha reinado en su capilla y a veces en su propio despacho. Cuando llega el arzobispo, recupera la conciencia. ¿Cree acaso que ha sonado la hora de dar el gran paso definitivo? ¿Que ha llegado el momento de que la fe tome el relevo de la Medicina? Se aparta el material clínico para que la reliquia pueda ser extendida encima de él. Y su esposa, su hija, sus más íntimos allegados le han visto llorar. Después ha cerrado los ojos.

A partir de este día, cabe dudar que el general Franco haya dispuesto de muchos momentos de lucidez. Ha cambiado el tono de los partes médicos. Ahora son muy parcos en detalles. Como si se tratase no ya del combate personal de un hombre contra su muerte, sino más bien del asalto contra lo imposible de un equipo de facultativos en tensión ilimitada, pues han regresado a la cabecera de Franco, después de marcharse los sacerdotes. Del miércoles 29 de octubre al lunes 3 de noviembre, los signos de insuficiencia cardíaca han persistido, al igual que la ascitis y las hemorragias. Estas han requerido numerosas transfusiones: seis litros de sangre, más de los que contenía el cuerpo, que en aquellos momentos solamente pesaba cuarenta kilos. Palmo a palmo, la Medicina se batía en retirada. Era preciso abandonar, o, costara lo que costase, reanudar la ofensiva.

Siempre por instigación del marqués de Villaverde, un quirófano de urgencia, sin asepsia, es instalado apresuradamente en el recinto de El Pardo, a doscientos metros del palacio, en el cuartel de la Guardia. Franco es trasladado allí. Soporta una primera intervención gástrica con objeto de cohibir el foco de la primera hemorragia. La segunda intervención es decidida y efectuada en la cavidad abdominal. En total, tres horas. El equipo médico diagnosticó: «Hay una probabilidad contra ciento de que tenga éxito».

¿Que tenga éxito el qué? La insuficiencia circulatoria continúa agravándose. Una tromboflebitis se declara en el muslo izquierdo. Surge una nueva hemorragia gástrica. Otra crisis de uremia obliga esta vez a recurrir al riñón artificial. Los médicos se resignan a trasladar el cuerpo de Franco a la Residencia de la Seguridad Social, de La Paz. Y vuelven a intervenir al paciente, con transfusiones constantes que totalizan cincuenta litros de sangre, escinden, suturan, sondean, aplican crioterapia, prueban fármacos llegados de la base militar americana instalada en Torrejón, de Ardoz. El Caudillo ya no es más que una envoltura carnal animada por estas máquinas capaces de dar la ilusión de vida, siempre y cuando les suministren electricidad. Desde hace tiempo, el cerebro ya no emite ondas; es un órgano ya muerto. El frenesí cesa el jueves 20 de noviembre de 1975, a las cinco y veinticinco de la madrugada.

Cuesta explicar semejante furor terapéutico, este reto al sentido común. En el plano político, el régimen no lo necesitaba. Ya habían sido tomadas las adecuadas precauciones. Asegurada la sucesión con el príncipe Juan Carlos, el Ejército controlaba el país, contrariamente a lo que sucedió en Portugal. La medicina española no ha sacado ninguna enseñanza de este combate agotador, clásico y conocido. Pero ¿quizás era preciso convencer a los españoles de que habían tenido un jefe de Estado indestructible? Triste superchería.

De este modo, sus fieles, no solamente le han robado su muerte a Franco. Tampoco han cumplido con una de sus últimas voluntades. Quería descansar en una capilla de granito, en el centro de un pequeño cementerio de pueblo, a dos kilómetros de El Pardo. El lugar estaba ya preparado. Sobre una losa de dos metros de largo —siempre la megalomanía— no quedaba más que grabar su nombre, pero sus restos fueron transportados al Valle de los Caídos, a unos cincuenta kilómetros de Madrid. La necrópolis de la Guerra Civil. Y fueron sepultados en el fondo de un panteón preparado con gran precipitación, en la cripta. La recomendación de un difunto, sea dictador o general, tiene escasa influencia entre los vivos.