Después de una breve estadía en Bologna, el Dr. Roberto Ítalo Tozzini recorrió la Provence francesa y San Sebastián y Biarritz, dos ciudades del país vasco.
Después de una breve estadía en Bologna para asistir a un interesante Simposio Internacional sobre medicina reproductiva con la presencia de un premio Nobel, el Dr. Shaly, nos trasladamos a uno de los aeródromos de Milán, para volar a Montpellier, donde el Comité Científico del Congreso Mundial de Esterilidad me había invitado con todo pago para desarrollar un tema de mi especialidad.Montpelier es una bonita ciudad de la Provenza francesa, a pocos kilómetros del Mediterráneo aunque sin playas, rodeadas por montañas bajas que van cayendo al mar, con paisajes deslumbrantes y alegres poblaciones que disfrutan de la riqueza del sol que brilla buena parte del año. Fundada en el siglo VIII, su antigua Universidad y Escuela de Medicina, aún ejercen poderoso atractivo en el sur de Francia y ello habrá contribuido para que este Congreso Mundial se desarrolle en sus instalaciones.
Convertida la ciudad en el 1600 en un baluarte del protestantismo, el rey católico Luis XIII prácticamente la destruyó tras largo asedio, desapareciendo sus principales edificios medievales. Ello le permitió reconstruirse y modernizarse con la construcción de grandes mansiones con sus patios centrales que perduran en la actualidad e incluso, alguna de ellas, están abiertas al público como el Hotel de Manse y el des Tresoriers de la Bourse. El Hotel Lunaret, bella construcción, alberga el museo Languedocien y el antiguo palacio del obispo, adyacente a la catedral, se ha reconvertido actualmente en la Facultad de Medicina.
Buena parte de la actividad social y comercial de Montpellier tiene lugar en la plaza de la Comedie y sus alrededores con múltiples negocios y cafés al aire libre. En uno de sus extremos se levanta una fuente con las estatuas de las tres gracias de D´Ántoine y enfrentándola se encuentra el edificio de la Ópera. En el barrio de Antígona, donde nos habían alojado a los invitados, la arquitectura es moderna con plazas que recrean el estilo clásico.
Mi participación resultó muy satisfactoria y luego de algunos actos sociales, como la cena ofrecida a los relatores en la casa del presidente del Congreso, el Dr. Hedon, con nuestro auto de renta, nos dedicamos con Martha a conocer esta región tan pródiga en bellezas naturales y campos de lavanda en flor, junto a legados históricos invalorables como la profunda impronta grecorromana y el aporte pictórico del impresionismo con dos figuras extraordinarias, Cezanne y Vincent Van Gogh , quien vivió su locura final en estas tierras, sobretodo Arles, aportando lienzos imperecederos.
Cezanne fue hijo dilecto de Aix en Provance, agradable ciudad, de amplias y arboladas avenidas, con numerosas y bonitas fuentes que refrescan el calor del verano y donde la casa original del pintor impresionista se transformó en museo que hoy puede visitarse.



Arlés: la ciudad en la que Van Gogh pasó sus últimos años
Para mi gusto, Arles es la joya principal de la corona de la Provence. Situada en las orillas de los dos brazos del río Rhôdano y en sus comienzos casi sobre la costa (fue un importante puerto del Mediterráneo en los primeros siglos de la era Cristiana), la población original fue fundada por los Griegos en el siglo VI aC, después la colonizaron los Celtas, hasta que en el siglo I aC los Romanos fijaron allí su primera colonia fuera de Italia, denominándola Arelate. Fue una “provincia” o Provence. Pero el gran desarrollo romano, vino de su alianza con Julio César en la guerra contra Pompeyo (apoyado a su vez por Marsella). La victoria del Emperador trajo bonanza a la ciudad con una rápida transformación en espejo de Roma para solaz de los principales habitantes que fueron legionarios retirados de sus guerras regionales. Algo similar se repitió en la vecina ciudad de Orange, cuya “romanización” ha perdurado en mejor estado de conservación que en la propia Arles, pero adonde la tiranía del tiempo no nos permitió llegar.


Se reprodujeron en ambas ciudades, en escala menor, los monumentos y edificios públicos que brillaban en la capital del Imperio, tales como el anfiteatro o arena donde lucharían los gladiadores; el teatro romano antiguo, de donde se rescató en excavaciones recientes, la Venus de Arles, una preciosa escultura que se exhibe actualmente en el Louvre; el Foro romano y los cripto pórticos que se inauguraron entre el 30 y 20 a C, persistiendo sólo las construcciones subterráneas; un arco triunfal; el circo romano para las carreras de cuadrigas y carros, donde provino el obelisco situado hoy en una de sus plazas; las murallas perimetrales para la defensa que han persistido en algunos sectores; los Alyscamps, un cementerio pagano que sumó los primeros entierros cristianos con sus mausoleos y sepulcros ornamentados; y, finalmente, en los años 300 de nuestra era, las Thermas de Constantino el Grande, construidas a la vera del río, durante la estancia en Arles del gran Emperador. Es decir, aquí se desarrolló una ciudad romana completa en escala menor que persistió hasta nuestros días, como ruinas venerables o han sido parcialmente desenterradas. Otras, se han perdidos para siempre. Vale abundar algo más en las construcciones romanas que han perdurado tantos siglos y que aún hoy forman parte de la actividad programada de la ciudad y de su patrimonio cultural, atrayendo a turistas de todo el mundo.


Las arenas o anfiteatro romano son una enorme y clásica construcción cuya solidez se evidencia en los veinte siglos resistidos. La visitamos y recorrimos con asombro en pleno centro del casco antiguo. Sin dudas, es el atractivo principal de muchos turistas. Funcionó a partir del siglo I de la era cristiana como escenario en la lucha de gladiadores, para ser reemplazado en la edad moderna por fiestas taurinas (en vez de guerreros, morían toros bravos) y otras diversas celebraciones. Se trata de un óvalo gigantesco de 136 m por 107 m que está rodeado por gradas dispuestas en dos pisos de arcadas con capacidad para unos 25.000 espectadores. Tiene espacio para el ingreso de animales en la planta baja.


En la vecindad, se levantó el Teatro Romano con detalles artísticos refinados y lo que de él ha persistido (se inauguró en el siglo I antes de Cristo) luego de extensas excavaciones, se emplea en el Festival de Arles que se realiza en el verano. Y ya he mencionado las Thermas y el Circo, otras de las características culturales del Imperio.

El fin de la edad media también aportó belleza a esta ciudad que es un museo a cielo abierto. Así la catedral o iglesia de Saint Trophine presenta un pórtico y altar de estilo románico-provenzal que probablemente constituye una de las más importantes expresiones de este estilo en toda la región. Vale también visitar a su lado un antiguo convento. Todas estas estructuras han sido declaradas, no hace mucho, por UNESCO, patrimonio cultural de la Humanidad y, por ende, intocable.




El atormentado holandés pasó sus últimos años en Arlés acompañado en un principio por Gauguin que luego se retiró por conflictos con el amigo a las islas del pacífico, Tahití, Bora-Bora y vecinas, continuando Vincent, en soledad, sus experiencias pictóricas y allí surgieron algunas de sus más fantásticas figuras y colores; sus pinos retorcidos, sus girasoles brillantes, sus nocturnos atormentados de luces espiraladas y sus autorretratos trágicos. La insanía del pintor, se traduce de manera descarnada y magistral en sus óleos recargados de amarillo y en la naturaleza distorsionada que se acentúa a medida que su alienación avanza. Quizás fue nuestra atracción con la vida y obra de este artista único, la que nos llevó a elegir Arlés para recorrerla durante todo un día.









La ciudad es hoy una plácida población, con su clásica plaza central, llamada la República, que ostenta el obelisco egipcio que provino del Circo romano, con su ayuntamiento, catedral y un interesante convento, todas reliquias religiosas éstas, de la edad media. Adyacente a las Termas Romanas, se atraviesa por un hermoso parque pleno de verdes por sus grandes árboles centenarios, con flores multicolores en setos bien ordenados. Es el parque Vincent Van Gogh y así lo señala un monolito con el rostro en relieve del pintor.

En Arlés almorzamos deliciosamente en un restaurante tradicional que hizo honor a la gastronomía provenzal, reconocida internacionalmente, y después completamos el recorrido de la zona portuaria y del ancho río, cuyos sedimentos han ido alejando la población de la costa mediterránea, con una zona muy agreste, llamadas las bocas del Rhodas y la zona de Camarge. Precisamente, al atardecer resolvimos llegar a esa región áspera, salvaje para visitar unas ruinas de un pueblo medieval. Nos dirigimos a les Baxs que se encuentra trepando por las estribaciones de les Alpilles antes de caer al mar.

Les Baux es una zona casi despoblada, con menos de 2000 habitantes en la base de las montañas que viven en grandes mansiones, un poco aislados del mundo, mientras que en las ruinas de las cumbres florece una pequeña población denominada Le Morte, para el turismo de aspecto medieval, como una burbuja del tiempo de 10 siglos atrás. El castillo data del año 1100, construidos por los Señores de Le Baxs que lo mantuvieron con ferocidad y valentía hasta el siglo XVII, en que el famoso cardenal Richeleau, cansado de la rebeldía e independencia de este enclave, ordena y logra la destrucción del mismo. Al pueblito medieval se llega por una estrecha carretera que sube la montaña vecina, dejando la rica vegetación de la Provence para internamos en un paisaje yermo, semi lunar, con grades rocas blancas calcáreas, que muestran en sus entrañas cavernosas el paso de los siglos.




Allí, en la cúspide, está Les Baux, remota ciudadela con los restos ruinosos de una fortaleza en su cúspide y en un plano inferior, casas bien conservadas, habitadas, ya que como lo señalara, la localidad persiste como sitio de perfil medieval y se mantiene como una atracción turística. Angostas callejuelas serpentean entre la vieja edificación y los numerosos comercios surgidos de la nada hacen de la venta de recuerdos y artesanías su principal modo de subsistencia. Además de un nido de águilas, Les Baxs es un inigualable mirador y desde esa altura, la campiña francesa, luce tersa, multicolor, con el azul profundo del vecino mediterráneo, como un lienzo insuperable que más de una vez captó Cezanne. En cambio, la mirada de la caída a plomo desde el borde de las ruinas, estremece, mirando las lejanas rocas obscuras del suelo y recordando cuántos prisioneros fueron obligados a saltar por los Señores del Castillo, como una forma de ajusticiamiento.







Avignon
Regresamos a Montpelier y nos aprestamos para dejar el lugar al día siguiente ya que el Congreso había concluido en medio de alegres celebraciones. Como por naturaleza somos andariegos, quisimos recorrer algo más antes de ir a París a donde nos había invitado una de las compañías farmacéuticas que patrocinaba al Congreso. Planeamos ir hasta San Sebastián.
Sólo para completar información, menciono que la región presenta otra ciudad digna de ser visitada y que es Avignon. Hoy día es una población pequeña, de unos 90.000 habitantes, que en el siglo XIV alcanzó su mayor esplendor al trasladar Clemente V el Papado a ese lugar, gobernado por el rey de Sicilia. Fue en 1309 y 7 Papas ocuparon el trono de Pedro en Avignon hasta que en 1377 se resolvió el regreso a Roma.
Llegamos con Martha a esta ciudad una tarde de 1971, en viaje desde París a Barcelona con nuestro auto y sólo dispusimos de algunas horas en el lugar. Recuerdo el enorme Palacio de los Papas que parece una fría fortaleza barroca sobre la plaza de igual nombre. Estaba cerrada cuando pasamos y fue transformada en museo luego de ser saqueada en la revolución nacional del siglo XVIII. También busqué, por recuerdos de canciones juveniles, lo que quedaba de los puentes de Avignon sobre el Rhodano.
A la mañana siguiente, salimos de la ciudad amurallada en dirección a la costa catalana y los recuerdos que conservo, sin la ayuda de fotografías, son demasiado borrosos para intentar mayor descripción.
Arribando a España: San Sebastián
En la mañana, nos dirigimos con nuestro auto al oeste, pasando por la ciudad medieval de Carcasonne, luego el santuario de Lourdes donde dudamos sobre si entrar o no, y después seguimos a Toulouse, Bayona, Biarritz y la España vasca.
Cercana a Tolouse, centro del desarrollo aéreo- espacial francés, con los Airbus y la cohetería Arianne, en pleno Languedoc, tuvimos oportunidad de visitar años más adelante y viniendo desde Barcelona, la bonita ciudad de Albi, capital de esta antigua región de occitania.
Luego de Tolosa o Tolouse, ingresamos en territorio vasco-francés, a todas luces habitada mayoritariamente por gente con buen pasar económico, por la importancia de los “chateaux” y los bellos jardines que rodeaban a muchas de esas mansiones. Llegados a Bayona, comprobamos que los Pirineos se han terminado y el cruce a España ya no es siquiera un trámite aduanero. Una barrera que permanece abierta, sin policías que controlen, permite que uno ingrese directamente a la península ibérica. Maravillas de la recién inaugurada “casa Europea”.
Vamos, según lo hemos planeado, a Donostia, mejor conocida fuera de los países vascos como San Sebastián. Allí pernoctaremos por tres noches para conocer la zona.
San Sebastián o Donostia en el idioma euskera, nos impresionó como una ciudad muy importante, comercial, industrial y turística, apoyada en las montañas y abierta al mar.

No excesivamente antigua para las medias europeas, su fundación por el rey Navarro Sancho el Sabio, fue en 1180, cerca del puerto y al abrigo del monte Urgull.
Cuando la visitamos ese fin de temporada del 1995, se mantenía la tensión social separatista de los vascos, fogoneada por el ETA. No obstante, los días de nuestra estadía fueron “políticamente” tranquilos, quizás por coincidir con el Festival Internacional de Cine que por su buen efecto en la economía, interesaba a todos. Ese mundillo de invitados, asistentes y turistas ocupaba los espacios generando riqueza y alegrías, con hoteles, cafés y restaurantes repletos que servían excelente comida. Sólo apreciamos las diferencias profundas de este rincón de España, cuando asistimos a la misa dominical y el sacerdote se expresó sólo en lengua vasca. No comprendimos ni una palabra.
El casco antiguo de la ciudad se desarrolla alrededor de una bahía muy cerrada como U, que muestra en sus extremos libres los montes Urgell hacia el este y el Igueldo en el otro extremo. En el centro de la bahía se ve una islita: Santa Clara. Esta bahía se encuentra rodeada en su mayor parte por una bonita playa llamada “La concha”, de fina arena y al este, pasando un promontorio rocoso, otra menor, la de Ondarreta. Entre ambas, se encuentra el palacio Miramar, construido por orden de la reina regente María Cristina de Habsburgo en el siglo XIX, y que llevó a posicionar este lugar para el veraneo de la aristocracia, luego de Biarritz.
Alrededor de la playa mayor, con su balneario “La Perla”, se levanta una compacta línea de lujosos edificios rodeados por jardines, lo que genera un perfil más que atractivo. Y más cerca del puerto, pero siempre sobre la playa, se luce el contorno elegante del lujoso hotel María Cristina, sede de todos los eventos cinematográficos.
Mucho del turismo se canaliza en el núcleo original de la ciudad portuaria, entre el puerto, precisamente, y la desembocadura al mar del río Urumea. Allí se circula por calles estrechas, sin veredas, de trazado irregular, donde proliferan las tabernas, bares y restaurantes para todos los bolsillos, pero siempre con excelente comida. En uno que nos resultó atractivo degustamos unos exquisitos chipirones y otros frutos de mar, regados con la sidra local. En una mesa cercana, identificamos a Mel Gibson, conocido actor, invitado al festival, compartiendo muy alegre con su séquito, los placeres de Epicúreo y Baco.
En esa zona, pero más cerca al monte Urgell, se levanta la iglesia de Santa María con su portal barroco y muy cerca está el convento, hoy convertido en un museo histórico y de pinturas, que no llegamos a visitar. La Plaza de la Constitución, es otro de los hitos de la zona ya que allí tuvieron lugar las primeras corridas de toros de la ciudad. Por último, se puede subir al monte por una cornisa tallada en sus laderas y llegar a su cúspide con bellas vistas, donde se encuentra el Palacio del Mar que alberga varios museos. Hacia la desembocadura en el Cantábrico del río Urumea, se desarrolla una tercera playa, la de “Zurreota”, con oleaje fuerte, por lo que es la preferida por los surfistas.
Su playa principal, “La concha”, como la temporada veraniega llegaba a su anual ocaso, estaba casi vacía y el agua fresca que alcancé a probar, no resultaba atractiva para una inmersión prolongada. Pero el gran Hotel María Cristina que aquí se asoma al mar, más cerca del puerto, estaba colmado de asistentes y figuras conocidas del cine circulaban por la zona y la propia playa.


Hasta aquí he descripto la San Sebastián de los turistas y veraneantes. Si nos alejamos unas cuadras de la costa, surge la Donostia moderna, pujante, laboriosa, con el desarrollo comercial característico. Ahora se suceden las avenidas, las calles anchas con impecables veredas, los bancos, los edificios elevados con pisos de oficinas o habitacionales en compacta línea. El transporte es moderno y silencioso y las colas de automóviles se alargan en las horas “pico”. La personas que aquí habitan están bien vestidas y muestran un rostro satisfecho; no veo pordioseros en las esquinas ni en los portales de iglesias o conventos. Se nota que en la España vasca, se vive bien a pesar sus desgarros políticos.
Con el auto recorrimos las sierras vecinas buscando bellas vistas. Uno de tales paseos fue tomar la ruta de montaña en dirección a Irum para regresar a los pocos km por el monte Ulía; otro, salir en dirección a Pamplona bordeando el parque que sigue a la playa de Ondarrete hacer unos kilómetros en medio de una vegetación frondosa y vistas marinas y luego regresar a Donostia. Consideramos que el tiempo no era suficiente para llegarnos a las otras grandes ciudades vascas. Es bueno tener motivos para regresar.


Biarritz
De Donostia, en menos de una hora, pasamos por la mañana a Biarritz, famoso balneario francés muy exclusivo en la primera mitad del siglo XX pero que posteriormente su renombre fue menguando a favor de las playas más extensas y luminosas de la costa azul. No obstante, el lugar mantiene su distinción, con una costa muy bonita sobre la que se levanta una ciudad veraniega con todo el refinamiento francés. Realmente lamentamos estar sólo de paso, pues a la tarde debíamos devolver el auto y tomar el avión para nuestra escala final: París.



La mañana fresca y ventosa no se prestaba para que las playas estuvieran colmadas de bañistas, sin embargo en la principal “le grand Plage” o Playa Grande, un puñado de jóvenes surfeaban olas discretas, mientras que varias parejas se recostaban en las reposeras para recibir los débiles rayos del esquivo sol otoñal. Nos llamó la atención un grupo entusiasta que practicaba arquería a la vera del mar, con singular destreza, y nos informaron que este deporte era bastante popular por esa zona. En el extremo norte de la playa Grande, se divisaba la imponente estructura de un lujoso edificio, el Hotel du Palais, que en su origen había sido “La villa Eugenia”, construida por Napoleón III para su esposa Eugenia. Fue esta presencia real, la que transformó el puerto ballenero pre-existente, en el nuevo Montecarlo del atlántico, con la presencia de un gran casino, que hoy ha sido restaurado, mostrando la magnificencia de su estructura art decó. Como toda la aristocracia europea, su vigencia ha ido declinando con el avance del siglo y las dos grandes guerras en el medio, por lo que ya no es más “la playa de los Reyes”, pero sigue siendo una muy buena ciudad balnearia.




En el otro extremo de la playa se eleva un promontorio rocoso con una pasarela que lo rodea, alcanzando la Rocher de la Vierge y la playa de les Basques. Hay más rocas, la costa es más agreste y las olas del mar tienen más fuerza. Los caminos lucen adornados con hortensias azules y púrpuras y enfrentando la playa se suceden grandes casonas con una mezcla de estilos, chateauxs, casas inglesas, suizas y villas andaluzas, todas rodeadas de vegetación, setos de flores y grandes parques. También, sobre “Playa Grande”, se levantan modernos edificios de muchas plantas. El resto de la mañana recorrimos esos hermosos lugares que conjugan montañas, rocas desnudas, un mar majestuoso, árboles centenarios y muchas flores. Pasado el mediodía, comimos en un café de la costa y con cierta nostalgia nos encaminamos al aeropuerto donde devolvimos el auto y tomamos el vuelo para la última estación de ese año: París, nuestra gran ciudad preferida.
